Entró con un cansancio blanco. Enorme como un elefante. Arrastró sus manos al suelo mojado y recargó su espalda en el piso. Saboreó sus labios y miró al techo; comprendió que allá afuera, le esperaba el tormento de vivir de nuevo.
En cada azulejo, un reflejo con mugre; en cada letrina, una demencia. El goteo constante de la llave oxidada simulando al reloj palpitante, una vista precaria ante la gota de agua que se escurre sobre los cuadrados. Las orillas del mundo.
Eunice no duerme frente recargada en una esquina, se fragmenta en pedacitos de existencia. Acude su piel a un exilio de enfermedad y descaro, la vida no parece importarle, aunque en sus oídos transiten las notas de Bach y un insecto negro en su antebrazo. Eunice despide de la boca una seda que transporta a un lugar donde nada se toca. Donde todo se transgrede.